Llegadas, saltos y visitas · Llegar a casa sin fiesta

ni voz, ni manos, ni mirada: la fiesta no abre
Mirar, hablar, acariciar o abrazar mientras el perro salta y gira mantiene ese patrón: el salto consigue exactamente lo que buscaba.
El cariño no es el problema. El problema es el momento: contacto cuando el perro puede recibirlo sin perder el control.
Entrar en neutro, hacer tus cosas y saludar cuando baje la activación no es frialdad: es dejarle claro qué estado abre la puerta al contacto.
Primero la nariz: cuando alguien entra, lo primero que debería trabajar en el perro es el olfato. Si entras derecho y quieto y lo dejas olerte, se informa y se organiza. Si entras con voz aguda y caricias, el olfato queda fuera y solo quedan ojos y oídos, que son los que disparan la excitación.
El orden importa: al entrar, primero saludas a las personas y hablas con ellas; el perro se atiende después, cuando está tranquilo. Si cada llegada empieza por él, queda confirmado en el rol de centro de la casa.
Sin una palabra: tu cuerpo es el mensaje. Te pones de lado y quieto; si salta, no lo empujas con las manos ni le gritas: le das un toque leve con la rodilla o la cadera — no es un golpe, es un contacto — y te quedas inmóvil. Un cuerpo quieto le transmite calma; un cuerpo nervioso le transmite nerviosismo.
La medida de una buena llegada: se acerca, te olfatea unos 10–15 segundos y se acuesta. Cuando se acuesta, recién ahí lo saludas: premias las emociones bajas, nunca la excitación.